El corazón negro

29 enero, 2016
Moví las piedras para sacar el pequeño fragmento de tela azul que Ana había dejado escondido en la playa.

Había seguido sus instrucciones: debajo del muelle de pescadores, junto a una barcaza roja que decía "La cruz", estaba un montón de piedras de río, todas planas y grisáseas, que no llamarían la atención en la arenosa playa, llena de otras piedras amarillas y guijarros más grandes, de apariencia de tezontle.

Pero debajo de esas piedras de río, que Ana seleccionó cuidadosamente, para hacer una especie de casita o refugio, que aún así dejó un poco desprolijo, estaba envuelto un fragmento de tela azul y una carta escrita a lápiz, pensada en que la fuera a recoger aquella tarde, antes de que llegara la marea.

Ana pudo haber colocado la carta en mi buzón, en lugar de poner las instrucciones para recoger el mensaje verdadero, pero ¿qué chiste había en eso?

De todas formas nos gustaban los juegos y las historias complicadas. Desde siempre.

Saqué la tela azul marino que servía como envoltorio de mi carta y de un dije: un cuarzo café con un corazón negro.

Tenía incluso un espacio para pasarle una cadena. Estaba valorando cómo colocarlo antes de leer el mensaje de Ana.

Pensaba qué, si la carta era triste, quizá ni siquiera tendría que conseguir una cadena. Podía dejar la piedra de corazón negro entre los guijarros o tirarlo al mar.

También podía regalarlo a los niños que vendían baratijas en la playa. Quizá se lo daría a algún turista.

Todo eso pensaba mientras apretaba la carta de Ana con la mano, sin animarme a leerla, sabiendo que el grafito se borroneaba contra el papel y se iba volviendo una mezcla espesa, difícil de entender.

Yo tampoco entendía muy bien las cosas. Desde la tarde de ayer Ana había estado muy misteriosa, callada. Se quedaba mirando al espacio como si viera algo lejos de mí.

Recordé entonces la tarde en que nos conocimos, las chicas en bicicleta, los perros que sacaban a pasear en el Malecón, los turistas con sobreros y sandalias, a pesar de que soplaba el viento frío del norte.

Nos conocimos en el mes de febrero y ella tenía un vestido amarillo, llevaba el cabello suelto y una bolsa de tela con un delfin.

No sé por que años después recordaba el delfin y no distingía bien si era su sonrisa o la del delfin la que recordaba: esos dientes pequeños y blancos se cunfundian en mi memoria.

Ana, la que ayer ya no sonreía, y esa Ana del vestido amarillo eran dos Anas diferentes.

Porque el tiempo nos vuelve distintos, nos emborrona, nos confunde.

La piedra de cuarzo es café, pero tiene el corazón negro.

En el fondo yo sabía que esa carta era una despedida, pero ella lo hizo así porque siempre nos gustaron los juegos, hasta el último momento.

No sabía si tendría el ánimo de leer las palabras de grafito. Ni sabía si quería conservar el dije. Lo guardé en la bolsa del pantalón y vine a escribir de esto.

La carta sigue allí, en mi otro bolsillo.

Seguramente ya subió la marea.

D.